—¿No piensa usted dar una vuelta por Madrid?

—De buena gana la daría y aun me quedaría allá, pero mis papás no tienen más hijo que yo... y ya ve usted.

—Quédese usted, quédese usted... No piense en Madrid por ahora... Tiempo le queda para saber lo que es aquello.

—No vaya usted á creer, condesa, que es curiosidad lo que siento, no; es el deseo que tengo de llenar ciertos vacíos que hay en mi espíritu lo que me obliga á pensar en Madrid. Yo no gozo con lo que aquí suele gozar la gente; antes bien sus placeres son ocasión de padecer para mí, porque nada hay que atormente tanto como encontrarse aislado entre la muchedumbre y á mil leguas de sus pensamientos y aspiraciones. Así, que paso la vida encerrado en mi casa, sin ganas de agregarme á ella... leyendo... pensando... soñando. Alguna vez he asistido con la imaginación á las soirées donde usted ha brillado tanto, condesa.

—¿De veras?

—Sí, señora; acostumbro á leer las revistas de salones de La Epoca, y en ellas he visto con frecuencia el nombre de usted rodeado de adjetivos que ahora me parecen pálidos.

—Mil gracias.

—Me precio de sincero, condesa. En el último baile de los duques de Hernán Pérez llevaba usted un vestido de surah azul celeste, con escote sesgado y espalda de forma princesa. El vuelo de la falda formaba por detrás una cascada de pouffs sostenidos por cordones, y llevaba usted asimismo lazos de surah en los hombros y en el talle.

—¡Ah! Veo que no se le ha escapado á usted nada.

Un rugido de D. Primitivo les obligó á interrumpir el diálogo. Extático, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplaba sin pestañear un cuadro de lechugas, mientras los compañeros le miraban sin comprender el motivo de tal sorpresa. Al fin, después de largo silencio, exclamó con voz ronca: