—Soy yo, señorito... ya son las nueve.

—¿Cómo las nueve? ¿Y por qué no me has llamado á las siete y media?... ¡Por vida de!... ¿No te he dicho que me llamases á las siete y media?

—Es verdad, pero usted me ha encargado le dijese que eran las nueve.

—¡Ah! ¿De modo que no son las nueve?

—No, señorito; son las siete y media.

—Está bien; vete y vuelve por aquí dentro de un cuarto de hora por si acaso he vuelto á dormirme.

El señorito es un adolescente de tez blanca, sonrosada, de facciones puras y correctas como las de un Apolo, los ojos de un azul muy claro, la frente despejada, quizá demasiado despejada, y la boca pequeña, quizá demasiado pequeña. Á no ser por el bozo incipiente que mancha su labio superior, sería su rostro el de una dama y no mal parecida.

Efectivamente, el señorito se durmió otra vez, sin pensar en ello, así que la criada cerró tras sí la puerta. Su sueño no era tan sosegado como antes. De vez en cuando le corría un estremecimiento por el cuerpo; la roja colcha de damasco que le tapaba se agitaba blandamente como si entrase por las ventanas un soplo de aire: otras veces daba súbito una vuelta y abría los ojos desmesuradamente y tornaba á cerrarlos con cierta precipitación nerviosa; más tarde extendía los brazos y se escuchaban crujir los huesos y lanzaba un fuerte suspiro que le dejaba aniquilado.

No hay duda, el señorito Octavio batallaba rudamente con el sueño.

—Señorito... señorito... ¿no se levanta usted?