Además, tenía un modo de mirar dulce, rápido y lleno de timidez que seducía á la gente joven de la villa. Cuando lanzaba una de esas miradas fugaces y vivas como un relámpago de estío, parecía que el alma se asomaba un instante á los ojos, poníase al tanto de todo y se entraba otra vez, y velozmente, en su retiro. Hablaba poco y sonreía á menudo. Los tertulios viejos de D. Marcelino no tenían boca bastante para elogiar su modestia y afabilidad. Los jóvenes no hallaban términos suficientes para exaltar su belleza.
—Conque diga usted, D. Marcelino, y no se ofenda, ¿el conde viene tan loco como se fué?
—Vaya, vaya, veo que está usted de mejor humor que yo.
—Me han contado cosas graciosas de su vida en Madrid. Últimamente le ha dado, según me han dicho, por bañarse todos los días en una porción de aguas, hasta que la última quede siempre tan cristalina como antes de meterse en ella. El mejor día le van á salir escamas al pobre señor, aunque ya me parece que vive escamado... y hace bien, porque su mujer vale lo que pesa.
—Vamos, Paco, no sea usted malo—exclamó D.ª Feliciana con una mueca que revelaba la influencia fascinadora que sobre su alma ejercía la murmuración.
—Si usted fuera á dar crédito á todo lo que se dice, Paco—añadió D. Marcelino,—pasaría la vida escuchando necedades.
—Pero, hombre de Dios, ¿quiere usted decirme á mí lo que es ese caballero? ¿Pues no le he visto soltar un tiro á una yegua que le había costado diez mil reales, porque se le encabritó cerca del puente nuevo? ¿Y no recordamos todos cuando andaba por esas calles vestido de dril blanco en el mes de Enero?
—Á mí me contó Dolores, la doncella que dejaron aquí—apuntó D.ª Feliciana,—que recién casado con Laura la obligaba á sentarse en una mecedora y él se sentaba frente á ella en otra, y pasaba horas enteras meciéndose, sin quitarla ojo.
—¡Estaría divertido, como hay Dios!... Pero eso también lo hacía D. Marcelino con usted.
—¡Ya lo creo! Nosotros los plebeyos no podemos darnos el gusto de tener extravagancias como ustedes los aristócratas.