—Tiene usted un hijo de mucho provecho, don Lino. Bien que, siendo republicano, no hay para qué añadir que es un joven excelente.

D. Lino tosió otras tres veces y dejó trascurrir bastante espacio entre la tos y el discurso.

—¿Qué se os alcanza á vosotros todavía sobre los altos asuntos de la política? Como sois unos muchachos (Paco tenía treinta años), camináis desenfrenados persiguiendo un ideal de todo punto imposible. (D. Lino vuelve á toser y prosigue su oración firme y pausadamente, como hombre que posee una renta de cinco mil duros en bienes raíces.)—¿Nunca observasteis cómo el hombre que corre mucho para llegar á un punto á menudo cae y se inutiliza y no consigue jamás su propósito? ¿Y cómo el que á su lado camina lenta pero seguramente suele dar cima á su empresa y logra ver colmados sus deseos?...

—Pero, D. Lino, ese argumento no tiene fuerza, porque...

—Espera, hombre, espera; déjame terminar; los jóvenes sois muy precipitados. (Nueva y prolongada pausa.) Pues de la misma suerte que entre estos dos caminantes el segundo es el juicioso y el primero el insensato, y el uno consigue su intento, mientras el otro derrocha estérilmente sus fuerzas y las consume, así en el gobierno de las naciones...

Enredóse una discusión política que se prolongó bastante tiempo. Repitiéronse hasta la saciedad todos los lugares comunes que á la sazón llenaban las columnas de los periódicos.

Si á D. Lino le faltase este cachito de discusión que por su edad y prestigio venía siempre á reducirse á un monólogo conservador, no tendría ganas de cenar al irse á casa. Paco Ruiz le respetaba mucho más de lo que podía esperarse de su carácter díscolo y desvergonzado, lo cual no sabemos si procedía de la amistad que le unía á su hijo Homobono ó de otra mayor razón.

Durante la discusión de Paco y D. Lino, fueron entrando en la tienda y sentándose en los bancos forrados de gutapercha algunas figuras silenciosas, que resultaron ser las del juez, don Ignacio Valcárcel, el promotor, el médico y otros dos caballeros.

Callaron buen rato y atendieron á las razones que ambos contendientes se arrojaban al rostro; pero observando su escasa ó ninguna novedad, se pusieron á hablar entre sí. D. Ignacio fué el primero que se volvió hacia sus compañeros entablando conversación.

No le gustaba escuchar, según decía, sino cuando le enseñaban algo. Por eso él, siempre que hablaba vertía raudales de ciencia enseñando á sus oyentes á qué hora se había levantado, si el chocolate le había producido algún ardor en el estómago, cuál era su paseo favorito, si las últimas botas que le hicieron habían resultado buenas, en qué postura dormía más á su gusto, etc., etc. Estos conocimientos no salían de la esfera de su personalidad. Si D. Ignacio fuera un poeta inspirado ó un gran filósofo ó un estadista notable, tendrían, á no dudarlo, bastante importancia, sobre todo cuando se tratase de escribir su biografía; pero, desgraciadamente, no sentía ninguna afición á las musas, odiaba á los filósofos, y en cuanto á la política, quedaba reducida su actividad á leer El Tiempo, por lo cual no diremos más de su carácter ni de la influencia que ha ejercido sobre su siglo.