—¡Sabes que sueñas unas cosas divertidas! Habrías cenado fuerte.

—Entonces yo me incliné aún más, mucho más, metí las manos suavemente por debajo de tu cabeza y la aproximé mucho, muchísimo á la mía. Después hice una cosa que quisiera estar haciendo á todas horas...

—¡Qué tonto eres!—dijo la niña ruborizándose.

—El once; el cuarenta y tres; el setenta pelado, y revuelvo—gritó Paco.

Mientras agitaba las bolas, todas las miradas se posaron en los dos amantes, que instantáneamente dejaron de conversar. Paco volvió á sacar y á gritar los números.

—¿Me quieres mucho?

—¿No te lo he dicho bastantes veces? Ya debías estar cansado de saberlo.

—Díme, cuando te despiertas por la noche, ¿en qué piensas?

—Yo nunca despierto por la noche, querido. En cuanto apago la luz quedo como un leño, y si alguna vez, por casualidad, despierto, al día siguiente no me acuerdo de lo que estuve pensando. Ya sabes que no soy tan poética como tú... Apunta ese diez y siete que acaba de salir... Creo que para querer bien no es necesario tener esas ideas románticas.

—Pues yo creo que sí.