—No se apure usted. Expuse tantas veces la vida por cosas que á la larga no me importaban, que nada tiene de particular que la exponga por mi señora.

—Gracias, gracias, Periquillo... No querrá Dios que sea víbora... Ofrezco una misa á la Virgen del Carmen si no te sucede nada... Mira, vámonos de aquí... Estoy agitada... nerviosa... Vámonos, vámonos pronto.

La condesa tornó á bajar la escalera de mano, ayudada por Pedro, y juntos atravesaron el prado, descendieron por el bosque de castaños y penetraron en la pomarada, abriendo la puerta de madera. Á los pocos pasos Laura distinguió á lo lejos entre el follaje á su marido, acompañado de Octavio.

—Vuélvete, Pedro, que ya no me haces falta—se apresuró á decir. Después avanzó sola hacia el sitio en que se hallaba el conde. Y como llegase allá, fué saludada por Octavio que se hizo almíbar al tomarle la mano y enterarse de su salud. Todos juntos se dirigieron lentamente hacia el palacio, porque el sol ya declinaba. En una de las revueltas del camino tuvo tiempo el conde para decir en secreto á su mujer:

—Conviene que te muestres amable con ese muchacho.

VII
Il sol de l'ánima

TRASCURRIERON bastantes días. Octavio, alentado por la extrema confianza que los condes le otorgaban, no escaseó sus visitas á la Segada. La mayor parte de los días iba después de comer y volvía á la caída de la tarde. Alguna vez se quedaba hasta las diez ó las once de la noche. Entonces un criado de la casa salía acompañándole con un farol hasta el puente. Allí le dejaba, y Octavio caminaba solo por la carretera hasta llegar á la villa. El trayecto era breve, como ya sabemos. Nuestro joven, emboscado en un laberinto de pensamientos vagos y risueños, lo convertía en brevísimo. Á tales horas poca gente se hallaba en el camino. Algún que otro arriero con sus mulas delante y montado en una de ellas sobre una pirámide de fardos; cualquier vecino que por casualidad saliese en busca de una vaca extraviada, ó los mozos crudos de Vegalora que tuviesen arrestos suficientes para ir á cortejar las mozas de la Segada ó de otros lugares cercanos. El señorito Octavio, aunque no sintiese miedo precisamente cuando veía blanquear entre las sombras espesas la camisa de un labrador, no le hacía gracia ninguna. Por un instante quedaban suspensos en el aire los risueños fantasmas de su imaginación, esperando que el transeunte pasase. Cuando éste decía: «Buenas noches, señorito Octavio», dejaba escapar un suspiro de satisfacción al verse reconocido y murmuraba: «Es una temeridad andar á estas horas solo por tales sitios: ¡no me vendré otro día sin un arma!». El acuerdo jamás llegaba á cumplirse, y seguía yendo y viniendo de Vegalora á la Segada totalmente inerme y á merced de todos los riesgos y venturas. Quizá tuviese un vago presentimiento de que el arma no le había de prestar socorro muy eficaz en caso de apuro.

Para comprender bien qué casta de pensamientos alteraban y embebecían al joven durante sus paseos nocturnos, son necesarios algunos antecedentes sobre su educación, temperamento y aficiones. El padre del héroe, D. Baltasar Rodríguez, era hombre que poseía inteligencia clara, ilustración, si no muy extensa, bastante sólida, y sobre todo una sensibilidad exquisita que procuraba ocultar cuidadosamente debajo de un exterior frío y hasta severo. Ésta era la parte flaca, pensaba él, de su carácter, y la combatía y la refrenaba sin tregua en todos los momentos de la vida sin lograr resultados satisfactorios. D. Baltasar no aceptaba su excelente corazón como un beneficio de la Providencia, sino como carga pesadísima que le había molestado durante su carrera, estorbándole en el logro de todos sus propósitos. «Si yo hubiese tenido arranque para dejar á mi mujer y á mi chiquitín y partir para Cuba, cuando en 1854 me ofrecieron la plaza de secretario del Banco de la Habana—solía decir á sus amigos íntimos,—á estas horas otra sería mi fortuna. Si me hubiera aprovechado, como D. Marcelino, de la ruina de la casa de Argüelles, esa vega que usted ve ahí, señor juez, sería mía. Si tuviese valor para arrojar de la casería á Modesto Fernández, que hace ocho años que no me paga renta alguna, podría agregar todas esas tierras á la posesión y ésta doblaría de valor... Pero ¡si no puede ser!—concluía siempre en tono desesperado.—¡Si los hombres como yo debieran estarse quietos en su casa y no meterse en dibujos!» Cuando alguno por consolarle le decía: «Después de todo, D. Baltasar, es mucho mejor tener la conciencia tranquila como usted, que no manchada como los otros», volvíase airadamente exclamando: «¿Y qué es la conciencia? Yo no creo en la conciencia. Veo que D. Agapito de las Regueras, después de haberse comido la fortuna de los hijos de su hermano, vive tan tranquilo y es más feliz que yo. Veo que D. Marcelino goza de su riqueza con la serenidad de un arcángel y no sueña que hay seres que derraman lágrimas por su causa... ¡La conciencia, la conciencia! La conciencia es una cosa que sirve sólo para molestar á los hombres honrados». No dejaba de ofrecer ribetes de cómico el deseo ardiente que D. Baltasar tenía de ser un hombre inmoral y perverso.

El temperamento de Octavio guardaba bastantes afinidades con el suyo, lo cual le traía desesperado. D. Baltasar hubiera dado cualquier cosa por que su hijo fuese un lagarto que se perdiera de vista, un truchimán capaz de enredar con sus artimañas á todo el concejo. Pero desgraciadamente no era así ó, por mejor decir, era todo lo contrario. «Este chico, decía, me da á mí quince y raya. Cuando yo me muera será capaz de pedir permiso á los vecinos para comer lo que le pertenece.» Sintiéndose y sintiéndole tan lejos del carácter que ambicionaba, no dejaba de exponerle á menudo las ventajas de este carácter ideal. «Mira al hijo de D. Rodrigo cómo se las ha arreglado para echar á los dos médicos del municipio y quedarse él solo cobrando el sueldo de ambos. Mira al secretario del ayuntamiento qué casa tan hermosa está levantando en la plaza.»