La señora D.ª Rosario (que así se llamaba la mamá del héroe) dió algunos pasos por la sala en dirección á la puerta. Su hijo la llamó antes de llegar á ella.
—Mamá.
—¿Qué se te ofrece, hijo?
—Mira, mamá—dijo bajando la voz y un sí es no es cortado,—al hablar de los condes ó cuando á ellos te dirijas, no digas señor conde ó señora condesa, sino conde ó condesa simplemente. El señor antes del título lo dicen sólo los criados y dependientes de la casa ó las personas inferiores que no se rozan con ellos en un pie de igualdad.
II
Los señores condes, ó los condes á secas, como pedía el señorito Octavio que se dijese.
EN el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Hecha la señal de la cruz, los condes se sentaron, desdoblaron las servilletas y acercaron las sillas á la mesa.
Los niños continuaron en pie con las manos sobre el pecho murmurando una oración. El aya, en pie también, con las manos cruzadas, los observaba atentamente, sin dejar por eso de mover sus labios finos y rojos. Concluída la oración, los niños miraron al aya: ésta hizo una imperceptible señal con los ojos y todos se sentaron. Un criado con librea fué anudando las servilletas á la garganta de los chicos bajo la atención vigilante de la institutriz. Nadie despegaba los labios. El criado empezó lentamente á dar la vuelta á la mesa sirviendo el primer plato del almuerzo.
Ya que nadie habla en la mesa, dediquémonos un instante á observar la traza y figura de los que á ella se sientan, empezando por el conde, como jefe que es de la familia.