—¡Qué serio te has puesto, Periquillo!... ¿Te vas aprovechando de los consejos del agua?... ¡No pongas esos ojazos, hombre, que me asustas!
La joven reía sin cesar y sin motivo, como quien se desquita de largo ayuno. Eran sus carcajadas sonoras y claras, pero no en tono agudo, sino grave. Las notas firmes y llenas que de su garganta se escapaban cuando reía, contrastaban un poco con la pureza y trasparencia de su mirada. Salían teñidas de cierta sensualidad punzante que agitaba los sentidos. Era una risa dulce y amarga á un mismo tiempo, como la de una bacante. La cándida Laura estaba muy lejos de sospechar los misterios amables de su risa. Si los conociese, tal vez notaría el brillo inusitado de los ojos de sus amigos cuando la dejaba correr por su garganta y se ruborizara.
—Mire usted, señorita, cómo se inclinan estos avellanos sobre el arroyo... Parece que arden de sed los pobres. ¡Qué pena debe de ser mirar el agua tan cerca y no poder beberla!... Mire usted, mire usted, sin embargo, aquella rama... ya consiguió besar la corriente... ¡Cómo se pondrá ahora el cuerpo de agua!... ¡Calle, ahora salimos con que nos estaba escuchando aquel lagarto!...
En efecto, uno de estos animales de pintada piel había asomado primero la cabeza al ruido de la conversación por entre dos piedras, y no tardó en salir todo él, quedando inmóvil, según su costumbre.
—¡Ah maldito!—gritó el mayordomo arrojándole una piedra con todas sus fuerzas.—¡No escucharás más tiempo!
La piedra cayó sobre el lomo del animal, partiéndolo en dos. La cola dió todavía algunos brincos sobre la arena.
—¡Pobrecillo!—exclamó la condesa.—¡Para qué lo has matado!
—Señorita, dicen que estos animaluchos hablan con las brujas y les cuentan todo lo que oyen. Parece increíble, ¿verdad?... Pues á mí de chico me sucedió que una vez hablé mal del maestro con otro compañero, y prometí vengarme de él cuando fuese mayor. Un lagarto nos estaba escuchando. Pues al día siguiente lo supo por una bruja que llamaban la tía Dolorosa. Por poco me deshace á palos. Entonces me puse á cavilar si sería el lagarto, ¡y les tomé un odio!...
Sin dejar de hablar, levantáronse y emprendieron nuevamente la marcha. No tardaron en salir de la áspera y estrecha cañada y desembocar en un valle relativamente ancho. Era casi circular y alcanzaría dos kilómetros de diámetro. Nada más fértil y frondoso que aquel pedacito de tierra llana circundado de altísimas montañas. Todo él estaba dedicado á pradería y semejaba una alfombra donde los setos guarnecidos de avellanos trazaban los dibujos. El río corría por el medio más sereno y tranquilo que en la cañada. Á la entrada encontraron la casa de Pedro, quien se empeñó en que su señora descansara en ella un instante. Laura no osó negarse. La casa estaba habitada solamente por la madre de Pedro y por un hermanito de doce años. El padre había muerto. Allí fueron de oir las exclamaciones de la buena mujer al ver á la señora condesa en compañía de su hijo. No sabía lo que le pasaba. Corría de un lado á otro poniéndole dos sillas á un mismo tiempo para que se sentase. Hacía mil reverencias ridículas y no se cansaba de repetir «¡que cuándo podía esperar ella que la señora condesa se dignara entrar en una choza tan miserable!» El joven escuchaba las zalamerías de su madre con indiferencia: Laura, con semblante risueño y agradecido. La pobre mujer no podía ofrecer nada más que una taza de leche y torta de borona, pero «¡cómo había de comer cosa tan ruin la señora condesa!»
—Que lo coma para que sepa cómo viven los pobres—dijo Pedro con cierto énfasis brutal.