Agosto 9.

Estoy inquieto; no puedo dormir. Me levanto de la cama y escribo estos cuatro renglones en un estado casi febril. Todo el mundo nota que ando ojeroso y pálido estos días. Y en efecto, siento una intranquilidad tan grande en mi alma y en mi cuerpo, como si tuviera una pila de electricidad en la cabeza y otra en el corazón. ¡Dios mío, por darle un beso, aunque fuese en su lindo pie desnudo, renunciaría á todas las dichas de este mundo! Por besar su cuello blanco y perfumado me parece que daría también las del otro. Hoy hemos dado un paseo relativamente largo. Seguimos el arroyo que baja de la montaña á unirse en la Segada con el Lora, caminando siempre entre árboles. Como íbamos formando grupo, apenas pude hablar con ella. Llevaba un vestido azul oscuro; el cabello al desgaire; en el brazo derecho un brazalete de esmeraldas y en el cuello un medallón de las mismas piedras. No necesitaba estampar estos pormenores, porque los he de recordar mientras me dure la vida. En cierto paraje estrecho tropezó en una piedra grande, y gracias á D. Primitivo, que la sostuvo, no cayó. Me he fijado en la piedra, porque pienso arrojarla al río... Pero no; mejor será llevarla á mi jardín y conservarla. Llegamos cerca de una capilla llamada de la Consolación. La condesa se empeñó en entrar; yo la seguí. Los demás, incluso el cura de la Segada, se quedaron fuera con el pretexto de que estaban sudando. La luz se filtraba con trabajo dentro del exiguo templo por dos ventanillas estrechas que más parecían grietas. Colgada frente al altar de la Virgen, chisporroteaba una lámpara de bronce. Aquella Virgen solitaria, de mejillas y pies rosados, de ojos cándidos y piadosos, recibiendo como única adoración el triste chisporroteo de la lámpara, infundía en el alma tierna y amorosa devoción. El silencio era grande. Las sombras descendían del techo por intervalos y cubrían con tupido manto alternativamente el altar, el confesonario, la Virgen y el pavimento. La condesa se hincó de rodillas y me dijo en voz baja y sonriendo:

—¿Quiere usted rezar unas Ave-marías conmigo?

Me apresuré á hincarme también á su lado. Empezó á rezar delante, muy bajo, y yo á responderle. No puedo describir la sensación deliciosa que tal oración me causó, aunque sí presumo que no aprovechó nada á mi alma. Aquel cuchicheo tan suave que salía de su boca, penetraba en todo mi ser y lo henchía de voluptuosidad. Hubiese querido prolongar unos instantes más aquel estado, y morirme después.

Cuando volvíamos para casa traté de explicarle algo de lo que me pasaba, para que conociese siquiera un parte del amor infinito que me inspira; pero siempre rehuía la conversación. Una vez, sin embargo, logré que se fijase.

—Quisiera morirme pronto—le dije repentinamente.

—¿Y por qué?—repuso volviendo el rostro con sorpresa.

—Porque llevo dentro de mí un demonio que me atormenta sin cesar.

—¿Qué demonio es ése?

—Una pasión imposible.