—¿Cuántas pesó el pescado?

—No lo sé... allá la señá Isabel.[21.3]

Ésta, que debía de saberlo perfectamente, levantó, sin embargo, la vista hacia Elisa, y preguntó:

—¿Cuántas, Elisa?

—Mil ciento cuarenta.

—Pues estando a real y medio, tú debes de levantar hoy muy cerca de veinte duros—dijo el primer interlocutor, que era el juez de paz de Rodillero en persona.

Elisa, al oír estas palabras, se encendió de rubor otra vez. José bajó la cabeza algo confuso y dijo entre dientes:[21.4]

—No tanto, no tanto.

La señá Isabel siguió impasible cosiendo.

—¿Cómo no tanto?—saltó[21.5] D. Claudio recalcando[21.6] fuertemente las sílabas, según tenía por costumbre.—Me parece que aun se ha quedado corto el señor juez. Nada más fácil que justipreciar exactamente lo que te corresponde; es una operación sencillísima de aritmética elemental. Espera un poco—añadió dirigiéndose a un estante y sacando papel y pluma de ave.