—Sí.

—¿Para ir a dónde?

—Para dar un saleo.[111.1]

—Si no es más que para eso...

—Pues a las doce de la noche, pásate por mi casa[111.2] dispuesto a salir a la mar: necesito de tu ayuda para una cosa que ya sabrás... Ahora vuélvete a casa y comienza a gestionar[111.3] la compra de la lancha; ve a Sarrió por ella, o constrúyela aquí; como mejor te parezca.

Confuso y en grado sumo perplejo se apartó nuestro pescador del señor de Meira; todo se volvía cavilar mientras caminaba la vuelta de su casa[111.4] de qué modo habría llegado aquel dinero a manos del arruinado hidalgo, y se propuso no hacer uso de él en tanto que no[111.5] lo averiguase. Pero como los enigmas, particularmente los enigmas de dinero, duran en las aldeas cortísimo tiempo, no se pasaron dos horas sin que supiese que D. Fernando había vendido su casa el día anterior a D. Anacleto, el cual la quería para hacer de ella una fábrica de escabeche, no para otra cosa, pues en realidad estaba inhabitable. El señor de Meira la tenía empeñada ya hacía algún tiempo a un comerciante de Peñascosa en nueve mil reales. D. Anacleto pagó esta cantidad y le dio además otros catorce mil. En vista de esto, José se determinó a devolver los cuartos al generoso caballero tan pronto como le viese, porque le pareció indecoroso aceptar, aunque fuese en calidad de préstamo, un dinero de que tan necesitado estaba su dueño.

Todavía le seguía preocupando, no obstante, aquella misteriosa cita de la noche, y aguardaba con impaciencia la hora, para ver lo que era. Un poco antes de dar las doce por el reloj de las Consistoriales[112.1] enderezó los pasos hacia el palacio de Meira; llamó con un golpe a la carcomida puerta y no tardó mucho el propio D. Fernando en abrirle.

—Puntual eres, José. ¿Tienes la lancha a flote?

—Debe de estar, sí señor.

—Pues bien; ven aquí y ayúdame a llevar a ella esto.