No las razones sutiles y el arte y el ingenio de Quino, no las bromitas saladas de Celso ni las súplicas ardientes del temerario Bartolo consiguieron aplacar la cólera del héroe de la Braña. Estaba resuelto á no tomar parte ahora ni nunca en las contiendas de los de abajo.
—Pero si tú no quieres ayudarnos, tampoco querrán los de Fresnedo—apuntó Quino.
—Yo hablo por mí. Los demás que hagan lo que les parezca—repuso Nolo alzando los hombros con desdén.
Guardaron silencio los enviados. Al cabo, profundamente tristes, se vieron obligados á despedirse. Antes de partir, Nolo les ofreció otro vaso de sidra que bebieron pensativos y callados.
—De todos modos—manifestó aquél sonriendo de nuevo—¡hasta luego!
—¡Se supone! Ya tienes en la lumbrada quien te aguarde, grandísimo zorro—exclamó el chispeante Celso metiéndole el palo por el vientre á guisa de caricia.
II
La lumbrada.
La casa del capitán, que aquellos cándidos aldeanos solían llamar palacio, era un gran edificio irregular de un solo piso con toda clase de aberturas en la fachada, ventanas, puertas, balcones, corredores, unos grandes, otros chicos; de todo había. Parecía hecho á retazos y por generaciones sucesivas. Los corredores, con rejas de madera, estaban adornados con sendas cortinas de pámpanos entre los cuales maduraban unas uvas dulces y exquisitas que D. Félix estimaba más que á las niñas de sus ojos. La plaza que se abría delante de este edificio era el sitio más amplio y desahogado del pueblo. Y por eso y por el respeto cariñoso que su dueño inspiraba el destinado desde tiempos antiguos para los recreos del vecindario.