—Sí; algo te pasa. Dímelo, niña. ¿No te he contado yo siempre mis secretos?

La tomó de la mano y la miró con ojos escrutadores. Demetria bajó la cabeza y permaneció silenciosa.

—Vamos, dí, niña—repitió la zagala sacudiéndole la mano.

—Ya lo sabrás, Telva. Ahora no puede ser—profirió Demetria sordamente.—Pronto, pronto lo sabrás... Lo único que puedo decirte—añadió después de una pausa—es que en este momento me alegraría de estar cuidando cabras en los montes de Raigoso y no bajar jamás al llano.

Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas. Y sin decir otra palabra se apartó con presteza, prosiguiendo su camino. Telva, asombrada, la siguió unos instantes con la vista: luego se encaminó hacia el pueblo atormentada por la curiosidad. Justamente cuando pasaba por delante de la casa del tío Goro salía éste y su esposa acompañando á una señora. Telva se dirigió resueltamente á ellos y los saludó.

—¿Han tenido ustedes alguna desgracia, tía Felicia?—preguntó viendo á ésta con los ojos hinchados de llorar.

—¡Para mí bastante desgracia, Telva!—exclamó la buena mujer rompiendo de nuevo á sollozar.—Demetria se nos va...

—¿Pues?

Felicia guardó silencio. Pero el prudente Goro le habló de esta manera:

—Las cosas de este mundo, Telva, no están siempre en el mismo ser. Un hombre era rico ayer y hoy amanece pobre, ó porque las vacas se le mueren de peste, ó porque el río le lleva la tierra ó la siembra de guijarros. Cuando más segura tenemos la cosecha, llega una nube de piedra y nos deja sin nada. Cuando esperamos que una vaca nos dé en San Juan cría, echa un mal paso en el monte y se despeña y se la comen los buitres. Así va todo. Ayer, Telva, teníamos una hija y hoy nos quedamos sin ella. Esta señora viene á buscarla porque es su madre verdadera, aunque nosotros la hayamos criado.