Yo te vi sonreir, intrépido guerrero de Villoria. Alzaste la mano y me enviaste un gracioso saludo.

En vez de cruzar la barca, subieron un poco río arriba y lo salvaron por un vado descalzándose previamente. Á toda costa no querían llamar la atención y caer sobre la romería de improviso. Una vez en el camino de la Pola ascendieron por la montaña hacia el santuario del Otero no siguiendo el camino trillado, sino por senderos extraviados.

El campo donde la fiesta se celebraba era un prado casi circular y llano sobre la misma colina. Más de la mitad de él, por la parte superior, estaba rodeado de un espeso bosque de robles. Los de Fresnedo se ocultaron allí sin ser vistos de la gente de la romería.

Hallábase ésta en todo su esplendor. Hervía el campo con rumor gozoso de cantos y risas y pláticas ruidosas. Una muchedumbre vestida de día de fiesta discurría por él entrando y saliendo de la iglesia, parándose delante de los puestos de bebidas, comprando frutas y confites ó agrupándose en torno de los bailarines. Debajo de un hórreo próximo al templo sonaban la gaita y el tambor y allí más de dos docenas de mozos y mozas se entregaban con furor al baile. Más lejos, en paraje descubierto, danzaban otros formando enormes círculos que giraban cadenciosamente al compás de sus cantos.

—Florita, ¿dónde tienes á Jacinto?—preguntó una joven de la Pola á la gentil molinerita de Lorío.

Ambas se hallaban próximas al hórreo contemplando el baile.

—¡Madre! ¿Es algún gato Jacinto que se trae y se lleva en una cesta?—respondió Flora enseñando para reir las perlas de sus dientes.

—Si no lo es, alguna vez quisiera convertirse, aunque no fuese más que para saltarte sobre el regazo.

—¡Calla, tonta! Pronto le diría ¡zape! Los gatos dejan muchos pelos en la ropa—exclamó la zagala dando un cariñoso empujón á su amiga que por poco le hace caer de espaldas.

—¡Vaya, que antes ya le pasarías la mano sobre el lomo!... ¡Pobrecito! ¡pobrecito menino!