—Pero no será de vacío, ¿verdad?
—¡Ah gran tuno, ahí te duele!—profirió Pepón sin dejar de reir y metiendo de nuevo el puño por el estómago á su futuro yerno, que se dobló como un arco. Luego añadió gravemente:—Eso no se pregunta siquiera, Quino. Yo no soy rico, pero mientras estéis en mi compañía no os faltará la borona y el potaje. Comeréis de lo que haya como nosotros. Y el día que os marchéis, porque la familia os cunda, Telva llevará un ajuar de ropa como la primera de la parroquia y tú podrás trabajar á medias conmigo alguna de las tierras y segar algún prado.
La perspectiva no le pareció muy risueña al industrioso Quino. Apagóse la sonrisa que contraía su rostro y quedó más serio que un regidor. Después de dar algunas profundas chupadas al cigarro, signo de intensa meditación, preguntó mirando á las vigas del techo:
—¿Y de cuartos, nada?
—Ni un ochavo—respondió Pepón poniéndose más serio que él, si cabe—Telva tiene el dote en la cara.
Hubo una pausa. Quino da otros cuantos chupetones al cigarro.
—Pues Martinán me da cuatro mil reales si caso con Eladia.
—Pues yo no te doy nada—respondió Pepón con firmeza.
—Pues entonces hasta otra, tío Pepe.
—Hasta otra, Quino.