—¿Sabes, Bartolo, que esa bofetada que soltaste me parece que dió la vuelta antes de llegar á su sitio?
—¿Por qué lo dices, puño?—preguntó encrespándose el hijo glorioso de la tía Jeroma.
—Porque tienes la cara como si antes de llegar hubiese rebotado.
—¿No sabes, burro, que mi madre acaba de pegarme en ella?—exclamó cada vez más fosco su primo.
Quino no pudo menos de rendirse á la evidencia.
Mas he aquí que al odioso Regalado se le ocurre efectuar una nueva investigación en el rostro del héroe. Como resultado de ella manifiesta con sonrisa diabólica.
—Está bien eso, Bartolo, pero tu madre te pegó en el carrillo derecho y el que tienes hinchado es el izquierdo.
—¡Verdad! ¡verdad!—exclamó la reunión en masa. Y se armó una de carcajadas tan estruendosas, que era imposible oir la voz estentórea del guerrero de Entralgo que protestaba rebosando indignación de aquel gratuito supuesto.
Pero en aquel momento en que la alegría brotaba de todos los pechos y fluía de todas las bocas en francas, interminables carcajadas, un estampido horrible la cortó repentinamente.
Plutón, por divertirse, había colocado un cartucho de pólvora de los que sirven en las minas para los barrenos sobre el alféizar de la ventana y le había dado fuego.