—¿Y Clavel, cómo está?—preguntó otro aludiendo á su esposa, que como ya sabemos todos conocían por este nombre qué el propio Martinán le había puesto.

—¡Esa, como una rosa de Alejandría!

—Que el diablo me lleve si no ha engordado este bribón de pocos meses á esta parte—dijo el paisano.

—¿Cómo no—apuntó un minero—si todo lo que sudamos pasa al cajón de su mostrador? ¿No habéis reparado que cuanto más gana este ladrón peor vino nos da?

—De eso debéis estar agradecidos—respondió el tabernero.—Yo lo hago por vuestro bien, á ver si se os quita ese maldito vicio de la borrachera. ¡Pero ni por esas! Aunque os diese petróleo con pimentón vendríais aquí á dejarme la quincena.

—¡Que el diablo te coma el alma, bandido!—exclamó el minero irascible, mientras los demás reían.

Otro que estaba ya borracho levantó la tapa del mostrador y se aproximó al tabernero diciendo con palabra estropajosa:

—Martinán, estás gordo; déjame tomarte en peso.

—¡Vamos, abajo esas patas!—dijo Martinán rechazándole.

El borracho insistió tratando de abrazarle por las piernas para levantarle.