—¡Basta, basta ya!—exclamó éste.—Ahora vamos á comer.

Se limpiaron de nuevo los ojos y salieron del gabinete. Justamente en aquel momento llegaba D.ª Robustinana diciendo en alta voz:

—Señor, señor, que la sopa ya está fría.

Al verlos cogidos de la mano y con los ojos enrojecidos quedó sorprendida.

—Robustiana, aquí tienes á mi hija—manifestó el capitán presentándola.

La mayordoma pasó instantáneamente de la sorpresa á la alegría.

—¡Oh, señor, todos lo sabíamos!... y todos ansiábamos que llegase pronto este momento.

Luego abrazó y besó á Flora con entusiasmo y la felicitó de todo corazón.

—Que sea por muchos años. Dios y la Virgen del Carmen le dé, señor, larga vida para gozar el cariño de una hija tan buena y tan hermosa.

Así pasaron al comedor llevando á Flora en el medio. Una vez allí, se dibujó en los labios del ama de gobierno una sonrisa maliciosa y profirió dirigiéndose á Flora: