Hubo una pausa. Plutón dijo avanzando un paso hacia ella:
—Pues más que las rosquillas de Santa Clara bañadas de azúcar, más que el vino de Rueda y el aguardiente de sobre-mar me gusta oirte á ti... ¡Canta, Demetria!
—Te digo que no tengo gana... ¡No te acerques!
Y retrocedió algunos pasos asustada.
—¡Si no es para hacerte daño, mujer!—profirió él deteniéndose.—Sólo quiero decirte dos palabras al oído... dos palabras solamente.
—Pues yo no quiero oirlas... ¡No te acerques!
Plutón avanzó algunos pasos y ella retrocedió otros tantos blandiendo en su mano derecha la hoz.
—En cuanto te las diga me marcho—manifestó él sonriendo diabólicamente.
—¡No te acerques!—exclamó de nuevo retrocediendo.
Esto era lo que apetecía Plutón. Detrás de ella, á dos pasos nada más, se hallaba una chimenea ó boca de respiración de la mina que él mismo había concluído de abrir el día anterior y que nadie conocía.