D. Félix las contempló un instante con admiración y exclamó sacudiendo la cabeza:
—¡Qué hermosas sois, hijas mías! ¡qué hermosas sois! ¡Quién se volviera á los veinte años!
Las doncellas se ruborizaron.
—¿Y cómo es que estas rosas del valle, estas cerecitas maduras, no quieren bailar en una noche como esta?
—Nos agrada más charlar un poco, ya que pocas veces tenemos el gusto de vernos reunidas—replicó Demetria apretando tiernamente la mano de su amiga.
—Es dulce y agradable para una zagalita el contar á otra sus secretillos y aun las menudencias de su vida... «¿Has lavado ayer?... ¿Cuándo te has comprado esos corales?... ¿Estuvo aquél en tu casa el sábado?...» Pero es mucho más agradable bailar un rato con el galán preferido.
—Hasta ahora es usted, D. Félix, el primer galán que se ha acercado á nosotras, y aunque nos ha regalado con caramelos, no he visto que nos convidase á bailar—replicó Flora con desenvoltura.
—Quítame cuarenta años de encima de los hombros, querida, y hasta que el gallo cante me tendrás dando vueltas como un trompo alrededor de ti... Pero no me quites nada... Vas á ver si con los que tengo á cuestas todavía puedo moverme. ¡Andando, prenda!
Y tomando de la mano á la desenvuelta morenita la llevó hasta la fila de los bailarines, en los cuales se produjo un movimiento de sorpresa y de gozo.
—¡Viva D. Félix!... ¡Viva el capitán!—exclamaron muchos.