—Yo no soy tu amigo ni tengo gana de serlo.
—No importa. Aunque no quieras que seamos amigos, vamos á hablar un instante como si lo fuéramos. Vamos á hablar de Demetria.
Si el feroz minero no tuviese el rostro como siempre embadurnado se le hubiera visto palidecer. Se repuso pronto, sin embargo, y exclamó:
—Vaya, vaya, parece que tienes gana de reir. Ya sabrás que no soy aficionado á chanzas. Déjame en paz antes que otra cosa sea.
Nolo le dirigió una larga mirada de curiosidad. Era gracioso el tono amenazador que aquel renacuajo usaba frente á él.
—No es broma, amigo—dijo lentamente apoyando sobre cada una de sus palabras.—Es que Demetria ha desaparecido de casa y quiero que me digas si sabes algo de ella.
—¡Quieres, quieres!... No sé nada de ella; pero aunque supiese, lo que menos me importaría á mí es que tú quisieras ó dejaras de querer...
Una ola de indignación subió al rostro del mozo y lo tiñó de carmín. Sus ojos chispearon y clavando en el monstruo una mirada irritada le dijo:
—¿Sabes que me está apeteciendo agarrarte por las piernas y batirte la cabeza contra ese árbol?
—¡Prueba á hacerlo!—replicó el minero llevando la mano al bolsillo.