Ésta se puso encarnada y replicó con enfado:
—¡Qué está usted diciendo, madre! Será algún vecino que se haya equivocado.
—No, no; es á ti á quien han llamado.
—Demetria, Demetria—dijo la voz de afuera.
—¿Lo oyes?... Abre, hija mía, abre á ese galán, que acaso venga de lejos y tenga necesidad de descansar un rato—manifestó la madre rebosando de orgullo.
—Yo no abro, madre. El que está ahí afuera sin duda quiere reirse de mí porque soy niña.
—Demetria, abre y dame un poco de agua, que tengo sed y estoy rendido—dijo Nolo con vozarrón de falsete.
—¡Pobrecillo! ¿Por qué no le hemos de abrir?—exclamó Felicia. Y levantándose de su tajuela y con la rueca sujeta á la cintura á guisa de lanza, se dirigió á la puerta y la abrió.
—¡Nolo!... Pero ¿eres tú?... ¡Cómo habíamos de pensar!...
Demetria, de pie en medio de la cocina, se puso tan colorada que parecía imposible ponerse más. Sin embargo, Nolo se puso aún más que ella. La tía Felicia los miró á entrambos con gozo y fué á sentarse de nuevo en su tajuela. Los jóvenes se sentaron á la par en el escaño y en voz baja y con largos intervalos de silencio comenzaron á hablarse, uno y otro tan tímidos que en la hora que así estuvieron no se miraron una vez á la cara.