—¿Y por qué te la ha hecho?
—Nos pegamos.
—¿Y por qué os pegasteis?
Pepín bajó la cabeza sin responder.
—Vamos, niño, dí, ¿por qué os pegasteis?—repitió Demetria sacudiéndole por el brazo con impaciencia.
Pepín vaciló todavía algunos instantes: al cabo profirió titubeando:
—Porque... porque... porque dijo que tú no eras mi hermana... que tú eras del hospicio.
Toda la sangre de Demetria fluyó al corazón: quedó pálida como un cirio. No pudo articular palabra. Después de algunos instantes prosiguió en silencio y con mano temblorosa su tarea.
No era la primera vez que había sonado en sus oídos tal noticia. Cuando más niña, alguna compañera maligna le había injuriado de este modo. No le había hecho caso; ni siquiera había pensado en ello. ¿Por qué ahora le producía tan viva impresión? Quizá por ser el día de la Virgen y tener el alma inundada de alegría, quizá porque sólo entonces cruzó por su mente la idea de que pudiera ser cierto.
—Sí, me dijo que tú eras del hospicio—prosiguió Pepín imaginando que el silencio de su hermana significaba aprobación.—Yo entonces... yo entonces le dije: «Eso es mentira». Él entonces dijo: «Es verdad, que lo dijo mi padre». Yo entonces dije: «Pues es mentira». Él entonces quiso pegarme, pero yo con el puño así cerrado le di un golpe en las narices y empezó á sangrar. Entonces él cogió una piedra y me la tiró á la cabeza y echó á correr. Yo corrí tras de él, pero no pude atraparle porque se metió en casa. ¡Recontra, en cuanto le coja solo le voy á dar unas cuantas así por debajo!...