Jacinto tarda algunos instantes en responder. Al cabo haciendo un esfuerzo pronuncia muy quedo el nombre de Flora.
—Ven acá, Florita—grita Regalado.—Tú eres la elegida. Toma el reloj y entrégaselo.
—Yo no tengo nada que entregar, puesto que nada es mío—responde con acritud la doncella.
—Pero has sido elegida por el vencedor, niña. Ningún trabajo te cuesta entregarlo.
—Si me cuesta ó no trabajo no lo sabe usted. Lo que le digo es que no quiero.
En vano fué que la instaran muchos de los presentes. Á todos sus ruegos y razones respondía cada vez con mayor energía: «¡no quiero! ¡no quiero!» El mismo capitán fué desairado.
—Perdóneme usted, D. Félix—le respondió con resolución la altiva zagala.—Todo cuanto usted me mande lo haré menos eso.
—¡Dejarla! ¡dejarla!—exclamó Jacinto con voz alterada.—No la molestéis más. Ya no quiero esa prenda de sus manos. Que me la entregue quien no me desprecie.
Y colgándose de nuevo la chaqueta del hombro tomó el reloj que le dió el mismo capitán, volviendo en seguida la cabeza para ocultar las lágrimas que saltaban á sus ojos.
—¡Bendita sea tu sandunga! ¿No te parece, Plutón, que ha hecho bien la morenita en negarse á dar el reloj á ese palurdo?—dijo uno de los mineros de la boina colorada á otro de sus compañeros.