—Balando también—respondió el tonsurado después de titubear un instante.

—Pues principie usted ahora, á ver cómo lo hace.

—¡Oh, qué mala! ¡qué mala eres, Florita!—exclamó acariciando al mismo tiempo con la punta de su látigo la mejilla de la joven.—¿Vas al río?

—Al río voy.

—¡Quién fuera trucha para morderte una pantorrilla y chupar esa sangrecita dulce! ¡Quién fuera anguila para deslizarme entre tu ropa y registrar tus secretos!... Pero no... ¡Quién fuera ratón para ir ahora mismo á tu cuarto y esperarte allí y salir por la noche para soplarte al oído!

—¡Madre mía!—dijo la aldeana riendo.—¡Pues no quería usted ser pocos animales: cordero, trucha, anguila, ratón!... ¡ni el arca de Noé!

Es posible que Flora no supiera todo lo linda que era. Es posible igualmente que lo supiese demasiado bien. Pero lo que no puede dudarse es que D. Lesmes quedó en aquel instante tan profundamente convencido de ello que se puso serio de repente, dejó escapar un suspiro y acariciando con su mano temblorosa el cuello de la jaca exclamó:

—¡Ay, Florita, qué hermosa... qué hermosa eres!... ¿Estarás muchos días en Entralgo?

—Algunos todavía.

—Pues cuando menos lo pienses vendré por la noche á llamar á tu ventana... Adiós, Florita; adiós, botón de rosa... adiós, clavel de Italia, ¡adiós! ¡adiós!