Demetria, profundamente interesada, olvidándose en un punto de sí misma, la instó para que se explicase. La gentil morenita se hizo de rogar. Le daba mucha vergüenza manifestar quién sospechaba que fuese su padre.
—¡Aciértalo, aciértalo!—le decía á su amiga riendo.
—¿Pero cómo?—exclamaba ésta.
—Verás... voy á darte las señas... Es un caballero, no es un aldeano... guapo... rico... Tú le conoces.
Demetria permaneció un instante pensativa.
—¿D. Antero?—preguntó al cabo inocentemente.
Flora soltó una carcajada.
—¡Pero, niña, tú no estás sana de la cabeza! Si don Antero tendrá unos treinta años y yo voy á cumplir diez y ocho... ¿Me había de tener á los doce?
Demetria se puso colorada.
—Es más viejo que D. Antero—prosiguió Flora—y es más rico también... y más llano... y más campechano y amigo de los pobres...