—¡Ah! eres tú, Robustiana. ¿Qué hay?

—¡Señor, hay ladrones en casa!

El capitán dió un salto mucho mayor y quedó de pie sobre el pavimento. Al fin había llegado el momento supremo; había sonado la hora del combate.

Sin encender luz introdujo la mano por entre los colchones y sacó un enorme fusil de pistón. Después se acercó á la puerta y posando los labios sobre la cerradura preguntó en voz de falsete también:

—¿Dónde están?

—Un hombre saltó la tapia de la huerta; le sentí caer sobre el montón de leña que hay allí arrimado. Me asomé y le vi acercarse á la casa y escalar la pared—respondió D.ª Robustiana por el mismo procedimiento.

—¿Despertaste á Regalado?

—Sí señor, y espera armado con su escopeta á que usted le ordene qué ha de hacer.

D. Félix meditó algunos momentos el plan de batalla. Sentía en aquel momento una viva emoción que acaso no fuera enteramente desagradable. La perspectiva de un combate después de tantos años de paz despertaba sus dormidas energías de soldado. Se creyó, pues, en el caso de apelar á sus conocimientos militares. Hallólos un poco polvorientos allá en un rincón de su cabeza. De buena gana hubiera abierto el antiguo tratado de estrategia que tenía en su librería más polvorienta aún: pero no había tiempo.

—Dí á tu marido—manifestó al cabo con autoridad militar como si se dirigiera á un ayudante de órdenes—que suba al corredor de la parra por si se intenta el asalto por entrambas fachadas. Despierta inmediatamente á Manolete y le das este fusil y que suba al corredor de la cocina de arriba para que, en todo caso, sus fuegos se crucen con los de Regalado. Despierta también á Linón y dale este trabuco y que me siga á la huerta. Yo voy en descubierta para ver si flanqueo al enemigo y le tomo por retaguardia.