—Mira, Florita... te voy á hacer un regalo, hija mía... pero no se lo digas á nadie—siguió el capitán con voz levemente alterada.
Y al decir esto llevó mano al bolsillo. Pero en el mismo instante echó una mirada á la calle por el balcón medio abierto y vió á la vieja Rosenda que desde lo alto de su hórreo los espiaba.
—¡Ya está aquella bruja fisgando!—exclamó poniéndose serio.—Ven acá, Florita, ven á mi cuarto.
Y enderezando los pasos hacia la escalera la bajó seguido de la joven y se entró en su cuarto.
—Toma esta media onza—dijo sacando al cabo la moneda de oro del bolsillo.—Es para ti... para ti nada más, para que te compres cintas... confites... lo que quieras. No digas nada á tus abuelos, porque ya sabes, llorando miserias te sacarían los cuartos... ¿Verdad que no?...
Flora hacía signos negativos con la cabeza, pero en el fondo de su alma estaba diciendo: «¡Qué cosas tiene este D. Félix! ¡Cómo voy á negar el dinero á mis abuelos si veo que lo necesitan!»
—Bueno, ahora adiós, hija mía. Has de volver pronto, ¿eh?... cuando recojamos el maíz y haya esfoyaza. Ya te avisará Robustiana... Linón te habrá puesto jamugas en el caballo, ¿verdad?... ¿No?... Bien, bien, ya sé que montas perfectamente, pero ten cuidado, hija, no vayas á caerte. Que te acompañe Manolete de espolista para traer luego el caballo... Adiós, hija, adiós... No te des atracones de avellanas; ya sabes que te hacen daño...
El irascible capitán no sólo parecía un padre en aquel momento, sino una madre tierna y cuidadosa. No se atrevió á darla un beso aunque buenas ganas se le pasaron, pero tomó su linda barba entre los dedos y la acarició. Mas como al hacerlo volviese los ojos, por ese secreto instinto que nos advierte el peligro, hacia la ventana, observó que cruzaba por delante Rosenda. La vieja había dado rápidamente la vuelta á la casa, vió lo que quiso ver y sonrió.
—¡Maldita bruja que Dios confunda! ¡Un día la mato! ¡la descerrajo un tiro!—exclamó el capitán pálido y paseando sus ojos airados por la habitación como si buscase el arma homicida. Flora se había puesto como una amapola.
Al fin se partió para Lorío y D. Félix quedó solo y contra su costumbre un poco melancólico. Vino á sacarle de su tristeza la llegada súbita é inesperada del ganado que tenía pastando en los montes de Raigoso. Este ganado no bajaba definitivamente á invernar hasta los primeros días de Octubre y estábamos en los de Agosto, pero solían traerlo á Entralgo una vez durante el verano para que su dueño viese por sus ojos el estado en que se hallaba y si era necesario dejar alguna res en casa ó venderla.