El capellán lo siguió con torvo semblante y rechinando los dientes decía:

—¡Maldita sea tu estampa! ¡Algún día me las pagarás, viejo estúpido!

Al atravesar el puente y entrar en el Campo de la Bolera, tropezó D. Félix con Maripepa que iba con un jarro de barro negro á la fuente. Estaba tan alegre que la detuvo y se puso á charlar con ella. Pero la coja no se hallaba de tan buen humor. Al instante comenzó á llorar hilo á hilo quejándose amarguísimamente de su hermana Pacha, que aquella noche la había castigado con inusitado rigor en su misma cama, sólo porque Regalado había ido á tocar la flauta delante de su casa.

—Unos azotitos, ¿verdad?—preguntó D. Félix pugnando por no reir.

—No; azotes no—respondió inocentemente la coja.—Me ha tirado del pelo, me ha dado de bofetadas y me ha pellizcado los brazos.—Mire usted, mire usted qué verdugón me ha hecho.

Y remangándose la camisa mostró en efecto en su brazo negro y rugoso una mancha morada.

—¡Tanto no; es un exceso!—manifestó D. Félix;—pero unos azotitos de vez en cuando no te vienen mal porque eres una chica muy coquetuela.

—¡Que no, D. Félix, que no!—exclamó la coja rebosando ya de gozo.—Nunca he sido coqueta... Si los hombres vienen detrás de mí, ¿tengo yo la culpa? ¿Cómo voy á impedir que me digan alguna tontería al pasar ó que se planten delante de casa por la noche?

—Pero tú les echas unas ojeadillas muy provocativas, y ¡claro! ellos acuden á la miel.

—Nada de eso. Les miro sin intención ninguna, ¡bien puede usted creerme!