—¡Ah, no recordaba! Cierto, cierto... mañana San Roque... ¿De modo que hoy no podemos echarla?

—Aguardando toda la tarde.

—Sí, sí... lo creo... No me fué posible. Tuve que hacer una visita á mi primo César—manifestó D. Félix poniéndose de nuevo sombrío.

—Si usted quiere... Aquí traigo baraja—gruñó don Prisco llevando la mano con vacilación á las alforjas.

—¡Hombre, bien!—exclamó el capitán tornando á serenarse.—Es una buena idea... Tres jueguecitos nada más, ¿verdad?

—Nada más—masculló el cura.

Echóse un poco hacia atrás éste hasta quedar sentado sobre el trasero del borrico, dejando un buen pedazo de albarda al descubierto. Y sobre este pedazo á guisa de mesa colocaron la baraja y comenzaron su brisca, D. Prisco montado, el capitán en pie con los codos apoyados sobre la montura.

Después de los tres juegos echaron otros tres y después otros tres... Otros tres en seguida... Hasta que la noche los sorprendió en tan interesante situación. Cuando ya no vieron las cartas las soltaron y se despidieron hasta el día siguiente.