—Perdona, Jacinto. Nos íbamos en este momento á acostar, porque ya es un poco tarde.

—¡Niña!—exclamó desde la cocina el abuelo.—Eso no está puesto en razón. En mi tiempo nunca se dejó marchar á un mozo que viene de lejos sin convidarle á descansar. Abre á ese muchacho.

Flora atravesó la estancia de los molares y abrió la puerta que se hallaba en el fondo. Jacinto tardó unos segundos en acudir porque tuvo que dar la vuelta al edificio. Flora le condujo sin despegar los labios á la cocina.

—Santas noches, tía Blasa. Dios le guarde, tío Lalo.

Los viejos recibieron con agrado al joven porque les gustaba y tenían en estima á su familia. Se informaron de ella con interés: también del ganado. Jacinto les notició que la Pinta había parido hacía tres días un jato. El tío Lalo torció el hocico: aquella vaca no les daba más que becerros.

—Es verdad—repuso Jacinto,—pero en cambio la Morica ya nos dió tres jatas seguidas y váyase lo uno por lo otro.

El joven se sentó enfrente de los viejos al otro extremo de la cocina en una tajuela dejando en el medio el lar sobre el cual ya no había fuego. Flora después de vacilar un poco vino á sentarse á su lado.

—¿Habéis metido ya toda la yerba en la tenada?—preguntó el tío Lalo.

—Está toda dentro desde el miércoles.

—¿Mucha?