Y á pocos pasos delante de sí distinguió los bultos de unos cuantos mozos que sin duda venían de la lumbrada del Otero.
—¿Quién me da el alto?—preguntó con arrogancia el joven.
—Yo soy Jacinto, yo soy—respondió la voz de Toribión de Lorío con la misma altivez.
—Quiero que grites «¡viva Lorío!» ó que pagues el portazgo.
—Ni yo grito viva Lorío ni tú eres capaz de hacerme pagar el portazgo—replicó el mozo dando un paso atrás y blandiendo su garrote.
—Ahora lo veremos—rugió Toribión lanzándose sobre él.
Chasquearon los garrotes. Jacinto resistió briosamente el ímpetu de aquel coloso, y esquivando con destreza sus golpes pudo alcanzarle con más de un garrotazo. Pero los amigos que con él venían le secundaron innoblemente. Todos alzaron los palos. En vano brincando hacia atrás con increíble ligereza y haciendo molinete con su palo se defendía de la lluvia de golpes. Al fin se vió perdido y comprendió que era necesario volver la espalda y huir; mas al hacerlo se vió sujeto por las manos de un mozo que cautelosamente y aprovechando la oscuridad se había deslizado hasta ponerse detrás. Otras manos cayeron sobre él al instante y le aprisionaron. Le arrancaron el palo y con él, para más ignominia, le sacudieron las costillas.
—¿Qué hacemos ahora?—preguntó al cabo Toribión.—¿Le dejamos marchar?
—No; debemos torgarlo para que no vuelva á cortejar fuera de su quintana—manifestó un mozo que había rondado á Flora algún tiempo sin resultado.—Los otros tres (pues eran tres los que acompañaban á Toribio) quisieron oponerse. Sin embargo, Toribión se puso de parte del primero.