Sucedió que aquella misma tarde, de regreso ya para la villa y mirando las muchas y hermosas casas de campo que por allí se parecen, acertó a decir D.ª Cristina:
—Nuestra alquería del Cabañal es muy linda, pero nada suntuosa. Mi marido no está contento; tiene ganas de algo mejor.
Impremeditadamente repuse:
—¿Tiene ganas de algo mejor? Pues yo, si fuera su marido, ya no tendría ganas de nada.
Quedó suspensa la señora, volvió su rostro hacia la ventanilla del coche para mirar el camino y murmuró en tonillo irónico:
—Pues señor, bien; tengamos paciencia.
Pienso que no solamente las mejillas, la frente y las orejas se me pusieron coloradas, sino hasta el blanco de los ojos. Durante algunos minutos sentí en el rostro la impresión de dos ladrillos calientes. No supe qué decir, y queriendo escapar a la vergüenza me volví hacia la otra portezuela y quedé en contemplación extática del paisaje. D.ª Amparo, que en nada había reparado, dijo contestando a la última observación de su hija:
—Emilio es un hombre muy bueno, muy trabajador, aunque algo fantástico.
—¿Por qué fantástico?—exclamó Cristina volviéndose como si la hubieran pinchado—. ¿Porque apetece lo mejor, lo más hermoso y aspira con su esfuerzo a conseguirlo? Eso le acredita más bien de tener gusto y voluntad. Pues si en el mundo no existiesen hombres que ansían la perfección, que ven siempre un «más allá» y que ponen los medios para acercarse a él, ni estas hermosas casas de recreo ni otras mejores ni ninguna de las comodidades que hoy disfrutamos existirían tampoco. Los holgazanes, los gandules o los pobres de espíritu se burlan de sus pensamientos mientras no los ven realizados; pero cuando llega la hora de verlos y tocarlos, se cierran en su casa y no vienen a felicitarle porque no quieren confesar su necedad. Además, tú sabes bien que Emilio, aunque fantástico, jamás ha tenido la fantasía de pensar en sí mismo; que todos su esfuerzos se dirigen a proporcionar alegría y bienestar a su familia, a sus amigos, a sus vecinos, y que toda su vida hasta ahora ha sido un constante sacrificio por los demás.
Doña Amparo, ante aquel discurso vehemente, se sintió sobrecogida de un modo extraño. Quedé estupefacto viéndola tartamudear, hacer pucheros, ponerse encendida y dejarse caer hacia atrás como acometida de un síncope.