—Me alegro de que haya sido únicamente aprensión…. Muchas gracias por las flores, si es que usted las siente, que lo dudo…. A mí me dolería en el alma causarle a usted un disgusto….
Al decir estas últimas palabras, la niña se ruborizó hasta las orejas.
—Pues tengo noticia de que es usted aficionada a darlos.
—¡Oh, no!
—Eso dice mi amigo Ramón.
El rostro de Esperancita se oscureció al oir este nombre. Una arruguita severa cruzó su frente virginal.
—No sé por qué lo dice.
—¿No le remuerde a usted nada la conciencia?
—Ni pizca.
—¡Oh, qué corazón tan emperdenido!