—Oyes, chica, ¿qué es lo que tienes? ¿Te dura todavía el enfado?

—¿A mí? ¡Ca! Yo no puedo enfadarme contigo.

Estas palabras parecían un testimonio de cariño y confianza. Sin embargo, las pronunció en un tono tan extraño, que la Amparo se la quedó mirando fijamente antes de replicar.

—Pues hija—dijo al cabo—, yo te confieso que puedo enfadarme con todo el mundo y contigo también si me llegases a hacer alguna ofensa.

—Pues yo, contigo, no—replicó con una sonrisa particular la Socorro.

Amparo volvió a mirarla fijamente y con sorpresa.

—¿Qué quieres decir con eso, que me desprecias?

—Lo que tú quieras—profirió con el mismo gesto de desdén.

Una arruga profunda apareció en el entrecejo de Amparo; señal de tormenta.

—Mira, chica, tengamos la fiesta en paz. Te vas haciendo muy picante y ya sabes que tengo muy poca paciencia—dijo con voz sorda.