—¿Por qué no besa usted hoy el pelo como otras noches?
La emoción fué inmensa, abrumadora. La sangre se le agolpó toda al corazón y quedó blanco como un cadáver. Después le subió al rostro y se puso como una amapola.
—¡Yo!… ¡El pelo!—balbució miserablemente.
Y tuvo que agarrarse con fuerza a la silla para no caer.
—¡No se asuste usted, hombre!—exclamó ella posando cariñosamente su mano sobre la de él—. Cuando yo lo he consentido es prueba de que no me desagradaba.
Pero viendo que la miraba con ojos extraviados, como si no comprendiese, añadió con desenfado y riendo:
—¿Acaso se figura que yo no sé que me quiere un poquito?
—¡Oh!—dijo el joven con un grito comprimido.
—Sí; lo sé hace tiempo—continuó bajando más la voz y acercando la boca a su oído—. Pero usted puede que no sepa una cosa, y es que yo también le quiero a usted….
Y echando una rápida mirada hacia fuera para cerciorarse de que no los observaban, se apoderó de sus manos, y le dijo caldeándole con su aliento las mejillas: