—Voy a hacerte un regalo, Mundo (así le llamaba por más cariño).

Se levantó a buscar su manguito y sacó de él una cartera muy linda.

—¡Oh! Es muy bonita—dijo él tomándola y llevándola a los labios—. La traeré siempre conmigo.

Pero al abrirla quedó consternado. Dentro había un montón de billetes de
Banco.

—Te has olvidado aquí el dinero—dijo alargándole otra vez la cartera.

—No me he olvidado. Es para tí también.

—¿Para mí?—exclamó él poniéndose pálido.

—¿No lo quieres?—preguntó ella con timidez poniéndose encarnada.

—No; no lo quiero—replicó él con firmeza.

Clementina no se atrevió a insistir. Tomó de nuevo la cartera, sacó de ella los billetes y la volvió a entregar al joven. Hubo unos instantes de silencio embarazoso. Raimundo apoyó el codo sobre la mesa, puso la mejilla sobre la mano y quedó pensativo y serio. Ella le observaba con el rabillo del ojo entre colérica y curiosa. Al fin una sonrisa iluminó su rostro, levantóse de la silla, y cogiendo el del joven entre sus dos manos, le dijo en tono alegre: