Experimentó una violenta emoción. Se puso pálido y balbució algunas palabras ininteligibles. Luego, viéndose apurado, comprendiendo rápidamente que de aquella entrevista dependía su salvación, esto es, la salvación de su amor, no tuvo inconveniente en mentir descaradamente.

—Tío, es cierto que hago gastos considerables, muy superiores a los que podría hacer con mi renta…. Pero nada tiene que ver en ellos el capital que heredé de mis padres.

—¿Entonces?…

—Entonces—… dijo bajando la voz y como sí le costase trabajo hablar—, entonces … yo no puedo decirle a usted el origen de este dinero, tío…. Es una cuestión de honor.

El curador quedó estupefacto.

—¿De honor?… No sé lo que quieres decir; pero mira, chico, yo no puedo quedar conforme…. Mi posición es delicada. Si no velo como debo sobre vuestros intereses, mañana se me puede pegar al bolsillo y no tiene gracia.

Raimundo guardó silencio unos momentos. Al fin, vacilando y tropezando mucho, dijo:

—Puesto que es necesario decirlo todo, lo diré…. Usted habrá oído hablar quizá de mis relaciones con una señora….

—Sí, algo he oído de que haces el amor a la hija de Salabert.

—Pues ya tiene usted explicado el misterio …—dijo poniéndose fuertemente colorado.