—Ay, perdón, Clementina…. Me he metido aquí sin saber lo que hacía…. ¡Soy tan desgraciada!
Y las lágrimas brotaron con abundancia de sus ojos.
—Pero, ¿qué te ha pasado, criatura?
—¡Nada, nada!—replicó la niña sollozando.
Hubo unos segundos de silencio. Clementina la contemplaba con lástima.
—Vamos—dijo acercando la boca a su oído—. Emilio te ha dado algún disgusto esta noche.
Irenita no contestó.
—No te aflijas, tonta. Con eso no adelantas nada. Procura, aunque sea haciendo un gran esfuerzo, aparecer indiferente. Ese es el medio mejor de que no te desprecie…. Digo … el medio mejor es otro … pero no te lo aconsejo, porque no está bien aconsejar ciertas cosas…. Si estás enamorada de él no des tu brazo a torcer, por Dios…. Que no sepa estas penas tuyas, porque eres perdida…. Déjale que satisfaga su capricho, que él volverá a ti.
Irenita levantó su rostro bañado de lágrimas.
—¿Pero ha visto usted lo que ha hecho hoy? ¡Es horrible!