—¡No tanto! ¡no tanto, Pepa!—interrumpió Ramírez afectando susto.
—¡Pero qué sinvergüenza es usted, hombre!—exclamó aquélla tratando de contener la risa, que no cuadraba a su mal humor característico—. Se parecen ustedes en que siempre están regañando y haciendo las paces.
Y se puso a describir con bastante gracia la vida matrimonial de su hija. Lo mismo ella que el marido eran un par de chiquillos mimosos, insoportables. Sobre si no la había pasado el plato a tiempo o no la había echado agua en la copa, sobre los botones de la camisa, o si no cepillaron la ropa, o tenía la ensalada demasiado aceite, armaban caramillos monstruosos. Los dos eran Igualmente susceptibles y quisquillosos. A veces se pasaban seis u ocho días sin hablarse. Para entenderse en los menesteres de la vida se escribían cartitas y en ellas se trataban de usted—. "Asunción me ha pasado un recado diciéndome que vendrá a las ocho para llevarme al teatro. ¿Tiene usted inconveniente en que vaya?"—escribía ella dejándole la carta sobre la mesa del despacho—. "Puede usted ir adonde guste"—respondía él por el mismo procedimiento—. "¿Qué platos quiere usted para mañana? ¿Le gusta a usted la lengua en escarlata?"—"Demasiado sabe usted que no como lengua. Hágame el favor de decir a la cocinera que traiga algún pescado, pero no boquerones como el otro día, y que no fría tanto las tortillas". Ninguno de los dos quería humillarse al otro. Así que, esta tirantez se prolongaba ridículamente, hasta que ella, Pepa, los agarraba por las orejas, les decía cuatro frescas y les obligaba a darse la mano. Luego, en las reconciliaciones, eran extremosos.
—¿Sabe usted, Pepa, que no quisiera estar yo allí en el momento de la reconciliación?—dijo Cobo haciendo alarde nuevamente de su malignidad brutal.
—Tampoco yo, hijo—respondió, dando un suspiro de resignación que hizo reir—. Pero ¡qué quiere usted! Soy suegra, que es lo último que se puede ser en este mundo, y tengo esa penitencia y otras muchas que usted no sabe.
—Me las figuro.
—No se las puede usted figurar.
—Pues, querida, a mí me gustaría muchísimo ver a mis hijos reconciliados. No hay cosa más fea que un matrimonio reñido—dijo la bendita de Mariana con su palabra lenta, arrastrada, de mujer linfática.
—También a mí … pero después que pasa la reconciliación—respondió
Pepa, cambiando miradas risueñas con Cobo Ramírez y Pinedo.
—¡De qué buena gana me reconciliaría yo con usted, Mariana, del mismo modo que esos chicos!—dijo en voz muy baja el almibarado general Patiño, aprovechando el momento en que la esposa de Calderón se inclinó para hurgar el fuego con un hierro niquelado. Al mismo tiempo, como tratase de quitárselo para que ella no se molestase, sus dedos se rozaron, y aun puede decirse, sin faltar a la verdad, que los del general oprimieron suave y rápidamente los de la dama.