Y la palabra genio venía a cada instante a los labios de los fieles idólatras del becerro.
Súbito apareció en la puerta de la sala Clementina seguida de Osorio, de Mariana y de Calderón. Los cuatro traían el semblante inquieto y asustado. Sus ojos se clavaron a la vez en Salabert, hacia el cual avanzaron precipitadamente.
—Papá, escucha una palabra—le dijo Clementina.
Salabert se destacó del grupo y fué a reunirse con los otros en el opuesto rincón.
—¡Esa mujer está ahí!…—dijo aquélla con voz alterada, los ojos relampagueantes de ira.
—¡Es un escándalo!—manifestó Osorio.
—Algunas personas ya se han ido, y en cuanto se enteren, se irán todas—apuntó con más sosiego Calderón.
—¿Qué mujer está ahí?—preguntó el duque abriendo mucho sus ojos saltones.
—¡Esa mujer!… esa Amparo la malagueña—replicó su hija buscando el tono más despreciativo.
—¡Cómo!—exclamó el duque con profundo estupor—. ¿Se ha atrevido esa z—— a presentarse en el baile? ¿Quién la ha dejado pasar? Mañana mismo despido al portero.