—Tenga usted la bondad de escuchar una palabra.
María Estuardo empalideció, titubeó unos instantes, y por fin dijo con firmeza y ademán orgulloso:
—Nada tengo que hablar con usted. A quien deseo ver es al dueño de la casa, al duque de Requena.
Margarita de Austria le clavó una mirada iracunda, que la otra sostuvo sin pestañear. Luego, acercando la boca a su oído, le dijo con rabioso acento:
—Si usted no me sigue ahora mismo, llamo a dos criados para que la saquen del salón a viva fuerza.
La reina de Escocia se estremeció; pero tuvo aún ánimos para contestar:
—Deseo ver al señor duque.
—El señor duque no está visible para usted…. ¡Sígame, o llamo!
Y al mismo tiempo echó una mirada en torno como en ademán de cumplir su promesa.
La Estuardo empalideció aún más. Desprendiéndose del brazo de Dávalos la siguió al fin.