—¡Ya lo creo que quiero!
Al decir esto se ruborizó fuertemente debajo del embozo, y desprendiendo bruscamente su mano, siguió a su mamá que entraba en el carruaje.
Pepa Frías había dicho a su hija:
—Mira, chica, cuando nos vayamos, deseo que Emilio me acompañe. Estoy nerviosa y no podría dormir si no le ajustase antes las cuentas. No quiero más escándalos, ¿sabes? Le voy a dirigir el ultimatum. Si persiste, tú te vienes conmigo y él que se vaya al infierno.
Estaba furiosa. Su hija, aunque quisiera poner reparos a esto de la separación, pues adoraba a su infiel marido, no se atrevió. Bajó sumisa la cabeza. Cuando llegó el momento de marchar, Pepa se dirigió a su yerno:
—Emilio, haz el favor de acompañarme. Deseo hablar contigo.
"¡Malo!" dijo para sí el joven.
—¿E Irene?
—Que vaya sola. No se la comerán los lobos—respondió ásperamente.
"¡Malísimo!" tornó a decirse Emilio.