La vanidad hacía a Ramoncito no sólo torpe, porque es regla bien sabida que cuando se galantea a una mujer no debe alabarse con demasiado calor a otra, sino un tantico atrevido dirigiéndose a niñas. Estas se miraban sonrientes, brillándoles los ojos con fuego malicioso y burlón que el joven concejal no observaba.
—Y diga usted Ramón, ¿no se ha declarado usted a ella?—le preguntó
Pacita.
—Todavía no—respondió haciéndose cargo ya de la intención burlona de la pregunta.
—Pero se declarará.
—Tampoco. Estoy ya enamorado de otra mujer. Al mismo tiempo dirigió una miradita lánguida a Esperanza. Esta se puso repentinamente seria.
—¿De veras? Cuente usted … cuente usted.
—Es un secreto
—Bien, pero nosotras lo guardaremos…. ¿Verdad Esperanza que tú no dirás nada?
Y la escuálida chiquilla miraba maliciosamente a su amiga gozándose en su mal humor y en la inquietud de Ramoncito.
—Yo no tengo gana de saber nada.