Cerca de una hora estuvo el sabio escolapio asentando sobre sólidas bases la existencia de la familia cristiana. Estas bases no eran otras que la religión, la propiedad y la tradición. Hablaba con autoridad, en un tono sencillo y persuasivo, con palabra atildada y correcta. El auditorio le escuchaba atento, sumiso, convencido de que era el Espíritu Santo quien por boca del venerable sacerdote les ordenaba tener mucho cuidado con la tradición, con la religión, y sobre todo con la propiedad. Este sublime pensamiento les edificaba de tal modo, que el conde de Cotorraso y algunos otros grandes propietarios que allí había, se sentían unidos eternamente al Ser Supremo por el vínculo sagrado de la propiedad territorial y se prometían combatir por ella heroicamente y oponerse en el Senado a toda ley que directa o indirectamente atentara a su integridad.

Al terminar el escolapio se le cumplimentó con sonrisas y reprimidas exclamaciones de entusiasmo. Todos hablaban en voz de falsete respetando el sagrado del recinto. La señorita correosa que había preguntado antes qué sería de ella si el padre Ortega le faltase, corrió a tomarle la mano y se la besó repetidas veces con arrebato que hizo cambiar algunas miradas de burla a los circunstantes. El padre se la retiró bruscamente con visible desagrado. Y otra vez subieron a la tribuna varias damas y caballeros, y ejecutaron, en toda la extensión de la palabra, algunas melodías religiosas de Gounod.

Al fin salieron del oratorio todas aquellas almas beatas y se dirigieron al salón.

La marquesa de Alcudia, cuya voluntad no podía estar jamás en reposo, se dispuso a cumplir lo que había prometido a su sobrino. Este la vió llamar aparte a Mariana y salir con ella. Al cabo de un rato ambas volvieron. Castro comprendió que se había hablado de él, en la mirada tímida y afectuosa que la esposa de Calderón le dirigió al entrar. Luego observó que la marquesa se retiraba hacia un rincón con el padre Ortega y hablaban reservadamente. Sospechó que también él estaba sobre el tapete. El sacerdote le dirigió dos o tres miradas con sus ojos vagos de miope. No se había acercado a Esperancita en todo el tiempo, pero de lejos se miraban y se sonreían. La niña parecía sorprendida de aquella actitud reservada. Pepe la había festejado bastante en los últimos días. Comenzó a inquietarse. Al fin, ella misma vino hacia él.

—No ha estado usted anoche en el Real. ¿Guarda usted la Cuaresma?

—¡Oh, no!—dijo riendo el joven—. Es que me dolía un poco la cabeza y me acosté temprano.

—¡Claro! ¿qué había de suceder? Por la tarde montaba usted un caballo que no cesaba de saltar. Hubo un momento en que pensé que le tiraba.

Castro sonrió lleno de condescendencia. La niña se apresuró a decir:

—Ya sé que es usted un gran jinete; pero de todos modos, siempre puede suceder una desgracia.

—¿Qué hubiera usted hecho si me hubiese tirado?—preguntó él mirándola a los ojos fijamente.