Y le echó los brazos al cuello con ternura. Quedaron largo rato abrazadas, llorando silenciosamente. Fué una de las pocas veces en que Clementina lloró de enternecimiento y no de despecho.

Pero en los días siguientes, aunque subsistió vivo en ambas el recuerdo de esta escena tierna, también quedó el del motivo que la había producido. Clementina sentíase avergonzada al presentarse delante de su madrastra. Sus atenciones, sus frases de cariño eran exageradas unas veces: quería borrar con ellas el pensamiento que claramente leía en los ojos de aquélla. Otras veces, imaginando que podrían servir para que sospechase de su sinceridad, las atajaba de golpe y tomaba una actitud indiferente y fría. De todos modos existía entre ambas una corriente de inquietud que las hacía padecer, por diverso modo, los ratos en que estaban juntas.

D.ª Carmen cayó al fin en la cama para no levantarse. Clementina pasaba allí todo el día. El terrible momento se acercaba. Al fin una madrugada, entre dos y tres, llamaron con alarma en el hotel de Osorio dos criados del duque. La señora agonizaba. Preguntaba por su hija con insistencia. Esta se levantó del lecho apresuradamente, y a todo el escape de sus caballos voló al palacio de Requena. Osorio la acompañaba. Al entrar en la habitación de la enferma tropezaron con el duque, que les miró con semblante hosco.

—¡Llegáis a tiempo! ¡llegáis a tiempo!—gruñó sordamente. Y se alejó sin decir más.

Clementina creyó notar en estas palabras una intención malévola y se mordió los labios de ira. La tristísima escena que se ofreció a su vista, apenas se aproximó al lecho de D.ª Carmen, consiguió apagar su odio breve instante. La infeliz señora presentaba ya en su rostro los signos de la muerte, la palidez cadavérica, el afilamiento de la nariz, los ojos vidriosos y en torno de ellos un círculo oscuro, amoratado. A su lado y en pie estaba el sacerdote que la exhortaba a arrepentirse. (¿De qué?) A los pies del lecho, Marcela, su antigua doncella, lloraba ocultando el rostro con el pañuelo. Otras dos criadas contemplaban de más lejos con rostros asustados, más que doloridos, aquel cuadro lastimoso. Allá en un rincón el médico de cabecera escribía una receta.

Al divisar a su hija, la duquesa volvió los ojos hacia ella con expresión de ansiedad y extendió una mano para llamarla.

Acércate, hija mía—dijo con voz bastante clara. Y luego que se acercó tomándole una mano entre las dos suyas amarillas, descarnadas, exclamó mirándola con fijeza terrible a los ojos:

—¡Me muero, hija, me muero! ¿No es verdad que lo sientes?… ¿por lo menos que no te alegras?

—¡Oh, mamá!

—Dí que no te alegras—insistió con ansiedad sin apartar su mirada de los ojos de la joven.