Pero la decoración cambió cuando Cobo irritadísimo, viéndose perdido, llamó en su auxilio al general Patiño.
—Vamos a ver, general, usted que es una de las eminencias del ejército, ¿cree que está bien dicho azorarse?
El general, lisonjeado por aquella oportuna dedada de miel, manifestó dirigiéndose a Maldonado en tono paternal:
—No, Ramoncito, no: está usted en un error. Jamás se ha dicho en España azorar.
El concejal dió un brinco en la silla. Abandonando súbito toda ironía, echando llamas por los ojos, se puso a gritar que no sabían lo que se decían, que parecía mentira que personas ilustradas, etc., etc…. Que estaba seguro de hallarse en lo cierto y que inmediatamente se buscase un diccionario.
—El caso es, Ramoncito—dijo D. Julián rascándose la cabeza—, que el que había en casa hace ya tiempo que ha desaparecido. No sé quién se lo ha llevado…. Pero a mí me parece también, como al general, que se dice azarar….
Aquel nuevo golpe afectó profundamente a Maldonado, que, pálido ya, tembloroso, lanzó con voz turbada un último grito de angustia.
—¡Azorar viene de azor, señores!
—¡Qué azor ni qué coliflor, hombre de Dios!—exclamó Cobo soltando una insolente carcajada—. Confiesa que has metido la patita y dí que no lo volverás a hacer.
El despecho, la ira del joven concejal no tuvieron límites. Todavía luchó algunos momentos con palabras y ademanes descompuestos. Pero como se contestase a sus enérgicas protestas con risitas v sarcasmos, concluyó por adoptar una actitud digna v despreciativa, mascullando palabras cargadas de hiel, los labios trémulos, la mirada torva. De vez en cuando dejaba escapar por la nariz un leve bufido de indignación. Cobo estuvo implacable: aprovechó todas las ocasiones que se ofrecieron para dirigirle indirectamente una pullita envenenada que causaba el regocijo de las niñas y hacía sonreír discretamente a las personas graves. Nadie en el mundo padeció más hambre y sed de justicia que Ramoncito en aquella ocasión.