—¡Que siempre ha de pasar lo mismo! Yo soy el descalabrado y tú te apresuras a ponerte la venda.

—¿Qué estás diciendo ahí?—replicó ella algo confusa—. Me voy porque tengo que hacer una visita antes de comer.

—Vamos, Clementina, aunque quieras no puedes disimular…. Debes comprender que no se pueden escuchar con risa los insultos … y tú me estás insultando a cada momento.

—Te digo que no te comprendo. No sé a qué insultos ni a qué disimulos te refieres—replicó la dama con afectación.

Pepe intentó con mimo y dulzura quitarle de nuevo el sombrero. Ella le detuvo con gesto imperioso. Tomóla entonces por la cintura y la condujo hacia el diván. Sentóse, y cogiéndole las manos se las besó repetidas veces con apasionado cariño. Ella siguió en pie sin dejarse ablandar. Tan extremado estuvo, sin embargo, en sus caricias y tan sumiso, que al cabo, arrancando con violencia sus manos de las de él, Clementina dijo medio riendo, medio enojada aún:

—Quita, quita, que ya estoy hastiada de tus lametones de perro de Terranova…. ¡Eres un bajo!… Primero que yo me humillase de tal modo me harían rajas.

Volvió a quitarse el sombrero, y fué ella misma a colocarlo sobre la cama.

—Cuando se está tan enamorado como yo—replicó el joven un poco avergonzado—, no puede llamarse nada humillación.

—¿Es de veras eso, chico?—dijo acercándose a él sonriente y tomándole con sus dedos finos sonrosados la barba—. No lo creo…. Tú no tienes temperamento de enamorado…. Y si no, vamos a probarlo…. Si yo te mandase hacer una cosa que pudiera costarte la vida, o lo que es aún peor, la honra … algunos años de presidio…, ¿lo harías?

—¡Ya lo creo!