—¿A que no adivinas lo que contiene este manguito?

—Sus ojos resplandecían de alegría y orgullo al mismo tiempo. Los de Castro chispearon de anhelo. Sus mejillas se colorearon y respondió con voz alterada entre dudando y afirmando:

—Quince mil pesetas.

La expresión alegre y triunfal del rostro de la dama se trocó instantáneamente en otra de cólera y despecho.

—¡Quita!, ¡quita allá, puerco!—exclamó furiosa dándole un fuerte golpe en la cara con el lujoso manguito—. No piensas más que en el dinero…. No tienes ni pizca de delicadeza.

—¡Yo pensaba!…

También hubo cambio de decoración en la fisonomía de Castro. Se puso más triste que la noche.

—En la guita, sí; ya acabo de decírtelo…. Pues no, señor; aquí no viene nada de eso. Sólo hay un alfilerito de corbata que yo ¡tonta de mí! he comprado al pasar, en casa de Marabini, como una prueba de que te tengo siempre en el pensamiento.

—Y yo te lo agradezco en el alma, pichona—manifestó el joven haciendo un esfuerzo supremo sobre sí mismo para vencer el repentino abatimiento y resultando de él una sonrisa forzada y amarga—. ¿Por qué te disparas de ese modo?… Dame eso…. Bien se conoce que tienes muy mala idea formada de mí.

Clementina se negó a entregar el recuerdo. El joven insistió humildemente. Había, no obstante, en sus ruegos un tinte de frialdad que dejaba traslucir, para el espíritu penetrante de una mujer, el sordo disgusto y la tristeza que en el fondo del alma sentía.