—Oyes, mamá, ¿qué te parece de este juego?—dijo llamando a una señora que allí estaba.
Los circunstantes se miraron unos a otros aterrados y compadecidos. Y desde entonces no hizo ni dijo ya cosa con cosa. Su exaltación fué creciendo; empezó a reir de modo tan extemporáneo, que nadie dudó que aquello terminaría por una fuerte explosión nerviosa. En efecto, cuando menos se esperaba, alzóse repentinamente de la silla, corrió al balcón, lo abrió, y si no le hubieran sujetado a tiempo se hubiera precipitado a la calle. Al fin cayó con un fuerte ataque del que por fortuna salió pronto. Después vino el aplanamiento que le obligó a guardar cama tres o cuatro días. Por último, el tiempo fué ejerciendo su operación sedante. A los quince días estaba bueno, aunque bajo el peso de un abatimiento grande que en vano lucharon sus parientes y amigos por aliviar.
Propusiéronle sus tíos quedarse a vivir con ellos, dado que era demasiado joven para ponerse al frente de una casa, y sobre todo para guardar y autorizar a su hermana. El contaba entonces veintitrés años, y ella poco más de diez y ocho. Ni uno ni otro aceptaron el arreglo. Quisieron vivir solos y juntos. Tomaron un cuarto tercero en la calle de Serrano, muy lindo y alegre, trasladaron a él sus muebles, y después de instalados empezó a deslizarse su vida, triste sí por el recuerdo siempre presente de su madre, pero apacible y serena. Raimundo fijó su atención y cuidados en Aurelia. Penetrado de su papel de padre y protector de aquella niña huérfana, hizo con ella lo que su madre había hecho con él hasta entonces; la atendió y la mimó con un amor y un esmero que conmovía a los amigos que los visitaban. Aurelia no era hermosa ni tenía gran talento; pero sentía hacia su hermano, porque su madre se la había infundido, una adoración idolátrica. Sin embargo, aun en lo referente a la vida material, sintió el joven el vacío de su madre. Aurelia se esforzaba en que no echase de menos nada; pero estaba bastante lejos de alcanzar la suprema delicadeza de aquélla. Poco a poco, no obstante, se fué adiestrando en el gobierno de la casa. Además, Raimundo ya no exigía los refinamientos de antes. El sentimiento de protección, la conciencia de los deberes que tenía que llenar hacia su hermana, le hacía no pensar en sí mismo. Al contrario, cualquier atención de Aurelia le sorprendía, y la agradecía como si viniese de un niño. Ambas existencias se fueron compenetrando.
Vivían modestamente. El cuarto les costaba veinte duros. No tenían más que una criada. Así que la renta de ocho mil pesetas que poseían, les bastaba. Como procedía de papel del Estado y acciones de una fábrica, su administración era facilísima. Raimundo pudo dedicarse con más ardor que nunca al estudio. Deseaba cumplir, respecto a su hermana, la promesa que había hecho a la madre, de renunciar a su parte de herencia y constituirla una dote que la permitiese casarse bien. Después que salió de casa, fué dos veces por semana al cementerio a esparcir algunas flores sobre la tumba de su madre. Los domingos llevaba consigo a Aurelia. Salía poco habitualmente. El estudio preparatorio para hallarse apercibido a una oposición, de un lado, y de otro su manía de colector y escrutador del mundo de los insectos, absorbían casi todo su tiempo. Por milagro entraba en los cafés, ni al teatro podía asistir por razón del luto.
Un día, hallándose en una librería de la Carrera de San Jerónimo, donde solía pasar algunos ratos hojeando las obras recién llegadas del extranjero, acertó a entrar en la tienda una hermosa dama elegantemente vestida. Al verla, los ojos de Raimundo se dilataron expresando el asombro: se posaron en ella con una intensidad que la obligó a volver la cabeza hacia otro lado. Mientras compraba unas novelas francesas la estuvo contemplando extasiado, con señales de alteración en su fisonomía. El libro que tenía asido temblaba ligeramente entre sus manos. Al salir ella, dejólo caer y trató de seguirla; pero a la puerta estaba un carruaje esperándola. El lacayo, sombrero en mano, le abrió la portezuela, y los caballos arrancaron al instante con velocidad.
—¿Qué es eso, D. Raimundo?—le dijo el dependiente, viéndole entrar de nuevo en la tienda—. ¿Le ha hecho a usted impresión mi parroquiana?
El joven sonrió disimulando su turbación, y respondiendo con fingida indiferencia:
—A cualquiera le llamará la atención una mujer tan hermosa. ¿Quién es?
—¿No la conoce usted? Es la señora de Osorio, un banquero, hija de
Salabert.
—¡Ah! ¿hija de Salabert? ¿Vive en aquel palacio grande del paseo de
Luchana?